El tiempo puede ser negativo. Por mucha cara de satisfacción que pusiera mi profesor de física cuando me decía que nada puede durar -1,3 horas, señalando mis cálculos con su equis roja. Se equivocaba.
- Dormir: 8 horas/día
- Ducha, afeitado, cepillado de dientes y otros en el lavabo: 1 hora/día
- Desayunar, comer y cenar: 1,5 horas/día
- Ida y vuelta desde casa al trabajo: 1,5 horas/día
- Trabajar: 11 horas/día
- Limpiar la casa, preparar la comida: 1,5 horas/día
- Compras, gestiones, varios: 0,5 horas/día
- Estar con la familia y los amigos: 0,2 horas/día
- Radio, televisión, leer, hobbies, tiempo para uno mismo: 0,1 horas/día
Total: 25,3 horas/día
Aunque igual mi profesor tenía razón y el tiempo siempre es positivo, y lo que es negativo, es el uso que hago de él... y teniendo en cuenta que la vida está hecha principalmente de tiempo, se me ocurre que si sólo dedico 0,3 horas al día a lo que realmente quiero y me gusta, y suponiendo que alguien descubriese la fórmula de vivir 50 años más a este ritmo, pues me quedarían:
50 años x 365 días/año x 0,3 horas aprovechables/día = 5.475 horas aprovechables, o sea, poco más de 7 meses de vida.
Existe otra posibilidad, y es aplicar la teoría de Gantt para la optimización del lead time, o sea, simultanear tareas para ahorrar tiempo. Ejemplos:
- Lavarme los dientes mientras duermo
- Dormir mientras trabajo
- Cenar mientras desayuno
- Limpiar la casa mientras hago las compras
- Afeitarme con mis amigos
- Cocinar de camino al trabajo
- Hacer pis mientras hago la comida
- Afeitarme mientras hago pis
- Dormir mientras voy al trabajo
- Leer mientras me ducho
Y así, enfrascado en esta reflexión, estaba pensando en una forma inteligente de acabar esto, pero es que... no tengo tiempo!!
jueves, abril 21, 2005
lunes, abril 18, 2005
Uno más, uno menos
Zorionak niri
zorionak niri
zorionak Haiduc
zorionak niri...

Mi regalo de cumpleaños del año pasado fue que mi camino se cruzara con el de una tal Burma.
Lo que dura un cruce de caminos es más que suficiente para darse cuenta de que si éstos se separan, merece la pena agarrar la senda por las cunetas y torcerla hasta donde haga falta para caminar descalzo a su lado.
No he conocido a nadie que tiña las letras de la palabra amistad de tantos colores. Y sin embargo, a Burma no la definen los adjetivos, sino un verbo: Burma multiplica. Multiplica la intensidad de los momentos, las risas, los abrazos, la compañía y el cariño.
Pero no solo eso, Burma se multiplica a sí misma: fue ella quien me cogió de la mano y me llevó de paseo por la bloggosfera, quien me hizo cruzar la puerta a esta dimensión donde he conocido a personas excepcionales.
Sólo me queda pedir al próximo año que me permita seguir contando con la sensibilidad sin límites y el amor por las palabras y por todo lo demás de Agua, la originalidad y el ingenio de aMIN, los recuerdos y la ternura de la romántica Athena, la simpatía de mi compañera de viaje Cleo, el desgarro de la musa de Crono, el buen rollo, las tapas y los tragos en la bodeguita de Eloryn, el desparpajo de Flor, el extremo buen gusto de Gonzalo, la forma de hacerme sentir pequeñito de Holden, los cigarros, las mentiras y la sinceridad de Humo, el encanto y la belleza de la poesía de mi hermana Jacaranda, los achuchones de mi Kape, la proximidad, la emoción y la distancia de Llaeza, el compromiso, la implicación, los principios y la rebeldía de mis amigos Buddy y Luthie, la pasión por el arte y por la amistad de Magda, el seguir añorando a Mai, las letras perfectas de la deslumbrante maRía, la inocencia, la dulzura y el cariño de Mariposa, la sensualidad de Menta, el tacto limpio y la compañía de la seductora Mirada, la búsqueda de la felicidad de la espontánea y cautivadora Miss H, la coherencia y los análisis de Paco, esa otra forma de entender la vida tan particular de Poledra, la intensidad de la enigmática Sencilla y el buen humor de mi amor platónico Maruja.
Y quien sabe que otros caminos se cruzaran, y a dónde nos llevarán éstos.
¡¡Muchas gracias Burma, por todos tus regalos!!
zorionak niri
zorionak Haiduc
zorionak niri...

Mi regalo de cumpleaños del año pasado fue que mi camino se cruzara con el de una tal Burma.
Lo que dura un cruce de caminos es más que suficiente para darse cuenta de que si éstos se separan, merece la pena agarrar la senda por las cunetas y torcerla hasta donde haga falta para caminar descalzo a su lado.
No he conocido a nadie que tiña las letras de la palabra amistad de tantos colores. Y sin embargo, a Burma no la definen los adjetivos, sino un verbo: Burma multiplica. Multiplica la intensidad de los momentos, las risas, los abrazos, la compañía y el cariño.
Pero no solo eso, Burma se multiplica a sí misma: fue ella quien me cogió de la mano y me llevó de paseo por la bloggosfera, quien me hizo cruzar la puerta a esta dimensión donde he conocido a personas excepcionales.
Sólo me queda pedir al próximo año que me permita seguir contando con la sensibilidad sin límites y el amor por las palabras y por todo lo demás de Agua, la originalidad y el ingenio de aMIN, los recuerdos y la ternura de la romántica Athena, la simpatía de mi compañera de viaje Cleo, el desgarro de la musa de Crono, el buen rollo, las tapas y los tragos en la bodeguita de Eloryn, el desparpajo de Flor, el extremo buen gusto de Gonzalo, la forma de hacerme sentir pequeñito de Holden, los cigarros, las mentiras y la sinceridad de Humo, el encanto y la belleza de la poesía de mi hermana Jacaranda, los achuchones de mi Kape, la proximidad, la emoción y la distancia de Llaeza, el compromiso, la implicación, los principios y la rebeldía de mis amigos Buddy y Luthie, la pasión por el arte y por la amistad de Magda, el seguir añorando a Mai, las letras perfectas de la deslumbrante maRía, la inocencia, la dulzura y el cariño de Mariposa, la sensualidad de Menta, el tacto limpio y la compañía de la seductora Mirada, la búsqueda de la felicidad de la espontánea y cautivadora Miss H, la coherencia y los análisis de Paco, esa otra forma de entender la vida tan particular de Poledra, la intensidad de la enigmática Sencilla y el buen humor de mi amor platónico Maruja.
Y quien sabe que otros caminos se cruzaran, y a dónde nos llevarán éstos.
¡¡Muchas gracias Burma, por todos tus regalos!!
lunes, abril 11, 2005
Del mismo centro
Odio las fronteras. Debe ser porque nunca nadie me ha querido dentro de las suyas.
Soy hijo de la emigración. Mis padres españoles emigraron a la próspera e industrial Euskadi cuando el humo rojo de los Altos Hornos se mezclaba con el verde de las montañas y el azul de las costeras de la anchoa y el bonito. En su maleta de cartón, sus ilusiones y sus apellidos. Y entre el verde, el azul y el rojo nací yo.
Sólo vascos, sólo españoles, ambas cosas... Yo nunca he tenido ese problema. Siempre he sido el 'español' en Euskadi y el 'vasco' en España. Origen y apellido, en su ruidosa pelea, acallando mi opinión o mi deseo.
Nunca me he sentido cómodo en ningún lado. Soy un engranaje colocado en otra máquina por error, que debe trabajar siempre a más revoluciones, siempre recalentado y siempre sobreesforzado para no perder el ritmo.
No suelo saber qué responder a la pregunta '¿de dónde eres?'. En realidad no soy de ningún lado, ni ningún lugar me es. No tengo sensación de pertenencia, sino más bien de ubicación. No tengo bandera, ni himno, ni rey, ni reino, ni reina, ni patria, ni estado, ni fuero. Y no sé si me estoy perdiendo algo.
Y si puedo elegir, elijo ser del centro, del mismo centro de un abrazo que me abrace, nacionalista de unos labios que me besen, mercenario de unas manos que me quieran.
Y con la partida de nacimiento, envolver el bocata de atún.
Soy hijo de la emigración. Mis padres españoles emigraron a la próspera e industrial Euskadi cuando el humo rojo de los Altos Hornos se mezclaba con el verde de las montañas y el azul de las costeras de la anchoa y el bonito. En su maleta de cartón, sus ilusiones y sus apellidos. Y entre el verde, el azul y el rojo nací yo.
Sólo vascos, sólo españoles, ambas cosas... Yo nunca he tenido ese problema. Siempre he sido el 'español' en Euskadi y el 'vasco' en España. Origen y apellido, en su ruidosa pelea, acallando mi opinión o mi deseo.
Nunca me he sentido cómodo en ningún lado. Soy un engranaje colocado en otra máquina por error, que debe trabajar siempre a más revoluciones, siempre recalentado y siempre sobreesforzado para no perder el ritmo.
No suelo saber qué responder a la pregunta '¿de dónde eres?'. En realidad no soy de ningún lado, ni ningún lugar me es. No tengo sensación de pertenencia, sino más bien de ubicación. No tengo bandera, ni himno, ni rey, ni reino, ni reina, ni patria, ni estado, ni fuero. Y no sé si me estoy perdiendo algo.
Y si puedo elegir, elijo ser del centro, del mismo centro de un abrazo que me abrace, nacionalista de unos labios que me besen, mercenario de unas manos que me quieran.
Y con la partida de nacimiento, envolver el bocata de atún.
miércoles, abril 06, 2005
Cuánto hace que no hace tanto
Corrían los primeros noventa cuando volaban mis primeros veinte.
En Lituania se respiraba nuevamente aire de libertad mientras los tanques soviéticos cesaban su cerco a Vilnius. Yo apenas sabía a qué olía esa palabra, mis tanques también me habían tenido cercado mucho tiempo.
La libertad que yo buscaba tenía la piel más blanca, los ojos más azules y el pelo más rubio que cualquier otra. Así que no me costaría demasiado encontrarla, pensé.
Llegar fue fácil. Entrar no tanto. El policía de fronteras entre Polonia y Lituania me despertó de una patadita en la pierna y me pidió el pasaporte. Mientras despertaba, buscaba el documento en mi cartera colgada al cuello bajo mi camiseta. Por la ventanilla del tren la estación se me dibujaba más como un mercado. Cientos de personas se agolpaban con bultos amorfos en un baile frenético. Ofrecí el pasaporte al policía, quien mientras lo hojeaba me dijo burlón:
- Hiszpanii!... Olé!
Yo guardé silencio detrás de mi sonrisa, claro. Porque cómo podría corresponder yo completando una frase que empezara con 'Polska...'. ¿Solidarnosk? ¿Walesa? ¿Wojtyla? Me selló mi casi inmaculado pasaporte y me lo devolvió con una media verónica al más puro estilo de Morenito de Cracovia.
El tren se puso en marcha, dejando trás de sí Suwalki, el último pueblo Polaco. Avanzaba muy lentamente, como quejándose y resoplando, hacia Sestokai, el primer pueblo lituano.
Antes de llegar, una estación fronteriza y de nuevo los mismos bultos amorfos bailando sobre las personas que invadían la estación. Entonces me di cuenta de que aquellos no eran viajeros, sino trabajadores. Cada día hacían el mismo trayecto, cambiando ilegalmente ropas por tabaco, y alimentos por ámbar, comprando y vendiendo mercancías a cada lado de la frontera bajo los comprados ojos ciegos de los policías de ambos lados.
El policía de fronteras lituano fue menos simpático. No necesitó la patada porque ya estaba despierto, pero su actitud altiva, arrogante fue mucho más hostil, y me puso a la defensiva.
- Pass!
O bien me pedía el pasaporte o bien el Lituania te abofeteaban onomatopéyicamente. Se lo di y tras mirarlo largamente dijo:
- Visa!
'¡Joder, ahora me pide la tarjeta de crédito, y la mía es Mastercard, mierda! A ver si ahora no voy a poder pagar el visado y... ¡un momento! Visa... visado... ¡coño, si me está pidiendo el visado!' En fin, que casi casi le planto la Master delante, en vez de explicarle que como él bien debería saber, Lituania se encontraba en medio de su proceso de independencia, que aún no había embajadas para expedir el documento, y que obviamente las rusas ya no lo hacían.
Yo iba bien informado, y sabía que debía pagar 50$ por entrar en el país. Y como el poli sabía muy bien hacer su trabajo dijo:
- 100$!
A mi billete de 50 acompañaba una copia de la carta que su única y precaria oficina de exteriores en París me había enviado indicando el precio del visado, además de una sonrisa del tipo 'a mí me la vas a dar'.
Pues sí, me la dio. Porque después de hacerme bajar del tren para acompañarle a su oficina, y seguirle a duras penas con la mochila a medio colocar por un andén atestado, fumó varios cigarrillos y esperó hasta exactamente 1 segundo después de que se oyera el pitido que indicaba que las puertas de los vagones se cerraban para estampar su sello en el pasaporte, y dármelo con una sonrisa del tipo 'qué lástima me da que pierdas el tren, capullo', cerrando el ventanuco que nos separaba.
Al salir fuera para ver cómo mi tren se iba me pareció estar en otro lugar. La estación estaba desierta. ¿Dónde estaba todo el mundo? No había un pueblo a varios kilómetros, ya que era únicamente la estación de la frontera. Así que pensé en esperar y tomar el próximo tren.
El cartel que mostraba el horario de trenes habría sido comprensible si no le hubieran faltado tantas letras y si éstas no hubieran sido cirílicas. La señora con pañuelo negro y dientes a juego que vendía los billetes no hablaba. Un hombre, que barría la ceniza que caía de sus cigarrillos, me hizo entender que el próximo tren llegaría al día siguiente. Una mujer con un saco enorme pasó frente a mí y salió de la estación. La seguí.
Varios minutos después me llevó hasta un autobús, en el que esperaban unas 7 personas. Ya estaba mi problema resuelto. Compré un billete a un precio ridículo de unos pocos rublos, escogí un buen sitio y me senté.
Media hora más tarde, el conductor cerró su periódico. 'Ya salimos', pensé. El conductor se acomodó sobre su asiento y se dispuso a dormir. Un chico se sentaba delante de mí, y le pregunté:
- ¿A qué hora saldremos?
- No lo sé. Cuando se llene.
- ¿¡Cómo!? ¿Y cuándo puede ser eso más o menos?
- Pues depende de los viajeros del tren de mañana...
Acababa de cruzar la frontera del telón de acero, y ya había conocido algunos de sus lados más oscuros: corrupción, desencanto, resignación, silencio... Afortunadamente, me quedaba por conocer todo lo demás. Y aunque había prometido no ser ni actuar como lo que en realidad no era, un capitalista, empecé rompiendo mi promesa el primer día.
Desperté al conductor, y le compré todos los billetes que quedaban libres. Ante su incredulidad y la del resto de viajeros compré mas de 50 billetes y el autobús partió de inmediato.
Me esperaba mi libertad.
En Lituania se respiraba nuevamente aire de libertad mientras los tanques soviéticos cesaban su cerco a Vilnius. Yo apenas sabía a qué olía esa palabra, mis tanques también me habían tenido cercado mucho tiempo.
La libertad que yo buscaba tenía la piel más blanca, los ojos más azules y el pelo más rubio que cualquier otra. Así que no me costaría demasiado encontrarla, pensé.
Llegar fue fácil. Entrar no tanto. El policía de fronteras entre Polonia y Lituania me despertó de una patadita en la pierna y me pidió el pasaporte. Mientras despertaba, buscaba el documento en mi cartera colgada al cuello bajo mi camiseta. Por la ventanilla del tren la estación se me dibujaba más como un mercado. Cientos de personas se agolpaban con bultos amorfos en un baile frenético. Ofrecí el pasaporte al policía, quien mientras lo hojeaba me dijo burlón:
- Hiszpanii!... Olé!
Yo guardé silencio detrás de mi sonrisa, claro. Porque cómo podría corresponder yo completando una frase que empezara con 'Polska...'. ¿Solidarnosk? ¿Walesa? ¿Wojtyla? Me selló mi casi inmaculado pasaporte y me lo devolvió con una media verónica al más puro estilo de Morenito de Cracovia.
El tren se puso en marcha, dejando trás de sí Suwalki, el último pueblo Polaco. Avanzaba muy lentamente, como quejándose y resoplando, hacia Sestokai, el primer pueblo lituano.
Antes de llegar, una estación fronteriza y de nuevo los mismos bultos amorfos bailando sobre las personas que invadían la estación. Entonces me di cuenta de que aquellos no eran viajeros, sino trabajadores. Cada día hacían el mismo trayecto, cambiando ilegalmente ropas por tabaco, y alimentos por ámbar, comprando y vendiendo mercancías a cada lado de la frontera bajo los comprados ojos ciegos de los policías de ambos lados.
El policía de fronteras lituano fue menos simpático. No necesitó la patada porque ya estaba despierto, pero su actitud altiva, arrogante fue mucho más hostil, y me puso a la defensiva.
- Pass!
O bien me pedía el pasaporte o bien el Lituania te abofeteaban onomatopéyicamente. Se lo di y tras mirarlo largamente dijo:
- Visa!
'¡Joder, ahora me pide la tarjeta de crédito, y la mía es Mastercard, mierda! A ver si ahora no voy a poder pagar el visado y... ¡un momento! Visa... visado... ¡coño, si me está pidiendo el visado!' En fin, que casi casi le planto la Master delante, en vez de explicarle que como él bien debería saber, Lituania se encontraba en medio de su proceso de independencia, que aún no había embajadas para expedir el documento, y que obviamente las rusas ya no lo hacían.
Yo iba bien informado, y sabía que debía pagar 50$ por entrar en el país. Y como el poli sabía muy bien hacer su trabajo dijo:
- 100$!
A mi billete de 50 acompañaba una copia de la carta que su única y precaria oficina de exteriores en París me había enviado indicando el precio del visado, además de una sonrisa del tipo 'a mí me la vas a dar'.
Pues sí, me la dio. Porque después de hacerme bajar del tren para acompañarle a su oficina, y seguirle a duras penas con la mochila a medio colocar por un andén atestado, fumó varios cigarrillos y esperó hasta exactamente 1 segundo después de que se oyera el pitido que indicaba que las puertas de los vagones se cerraban para estampar su sello en el pasaporte, y dármelo con una sonrisa del tipo 'qué lástima me da que pierdas el tren, capullo', cerrando el ventanuco que nos separaba.
Al salir fuera para ver cómo mi tren se iba me pareció estar en otro lugar. La estación estaba desierta. ¿Dónde estaba todo el mundo? No había un pueblo a varios kilómetros, ya que era únicamente la estación de la frontera. Así que pensé en esperar y tomar el próximo tren.
El cartel que mostraba el horario de trenes habría sido comprensible si no le hubieran faltado tantas letras y si éstas no hubieran sido cirílicas. La señora con pañuelo negro y dientes a juego que vendía los billetes no hablaba. Un hombre, que barría la ceniza que caía de sus cigarrillos, me hizo entender que el próximo tren llegaría al día siguiente. Una mujer con un saco enorme pasó frente a mí y salió de la estación. La seguí.
Varios minutos después me llevó hasta un autobús, en el que esperaban unas 7 personas. Ya estaba mi problema resuelto. Compré un billete a un precio ridículo de unos pocos rublos, escogí un buen sitio y me senté.
Media hora más tarde, el conductor cerró su periódico. 'Ya salimos', pensé. El conductor se acomodó sobre su asiento y se dispuso a dormir. Un chico se sentaba delante de mí, y le pregunté:
- ¿A qué hora saldremos?
- No lo sé. Cuando se llene.
- ¿¡Cómo!? ¿Y cuándo puede ser eso más o menos?
- Pues depende de los viajeros del tren de mañana...
Acababa de cruzar la frontera del telón de acero, y ya había conocido algunos de sus lados más oscuros: corrupción, desencanto, resignación, silencio... Afortunadamente, me quedaba por conocer todo lo demás. Y aunque había prometido no ser ni actuar como lo que en realidad no era, un capitalista, empecé rompiendo mi promesa el primer día.
Desperté al conductor, y le compré todos los billetes que quedaban libres. Ante su incredulidad y la del resto de viajeros compré mas de 50 billetes y el autobús partió de inmediato.
Me esperaba mi libertad.
domingo, marzo 27, 2005
Cambio alma por un botijo
Harto de que la realidad me acariciara con sus dedos de cristal roto, y dibujara en mi espalda jirones de caminos que no llevaban a ninguna parte, decidí vender mi alma al diablo.
Yo fui educado entre relicarios y guitarras con flores a María, por lo que vender el alma a Satanás había sido grabado a fuego en mi conciencia como lo último, lo peor, lo más bajo y rastrero que un ser humano podría realizar. A pesar de eso, lo hice.
Todo empezó sin pretenderlo. Un día encontré entre un montón de antiguos papeles un curioso cuadernillo, escrito y decorado a mano. Se titulaba "Shemhamforash!". Comencé a hojearlo, y vi que se trataba de un conjuro para invocar a Satanás y venderle el alma. Pensando ‘yuyu-yuyu’ lo dejé donde lo había encontrado y me largué.
Pasé la noche con el palabro martilleándome la cabeza "Shemhamforash!" "Shemhamforash!" "Shemhamforash!". Al día siguiente volví al lugar, tomé el cuadernillo, y me fui a un lugar tranquilo, donde pudiera leerlo sin sobresaltos.
Antes de terminar, ya había decidido que lo haría, a pesar de estar mercurio retrógrado, y no ser por tanto buena fecha para cualquier tipo de transacción, por muy espiritual que esta sea.
‘El diablo se esconde en los detalles’ es una frase que repito a menudo, y vaya que en esta ocasión resultaba propicia. Los preparativos fueron realmente lo más complicado. Entre otras cosas necesitaba una vela negra, una imagen de Bafomet y un pentagrama inverso, y eso no se compra en el Carrefour.
Una vez todo dispuesto, y con la capa del disfraz de Batman a modo de túnica negra, sobre el altar improvisado coloqué todos los elementos: la vela negra, la imagen, el pentagrama, el cráneo de la colección ‘El cuerpo humano’ de Planeta de Agostini, y una campanilla que hice sonar 9 veces para comenzar con el ritual...
“In nomine Dei nostri Satanas Luciferi Excelsi. En nombre de Satanás, que rige el mundo y es el Rey de la Tierra, yo ordeno a las Fuerzas de las Tinieblas que viertan su poder infernal en mí. Abrid las Puertas del Infierno de par en par y salid del Abismo para recibirme como su hermano y amigo...”
Continué el rito entre curiosidad, miedo e indecisión invocando a Satán, Lucifer, Belial y Leviatán.
"Poderoso Satán, antiguo Señor del mundo, esta noche estoy ante Ti para declarar y confirmar mi alianza para contigo, tomando tu Nombre como parte de mí mismo...".
"Shemhamforash!" ........................................
Efectivamente cuando llega el diablo, huele mal. Pero no es azufre, yo lo describiría más bien como ese olor a comida podrida de las cañerías atascadas de un fregadero.
Vino un diablillo con cara de ‘ya está el pesao de turno invocando un viernes a las 7 de la tarde...’. En cuanto le vi, supe que yo no era gran cosa ni para el diablo, que mandaba a un gregario con pinta de becario. Me sentí un poco indignado, casi habría preferido vender mi alma por e-bay y me habría ahorrado los preparativos. Queriendo acabar pronto con el trámite, le propuse al diablillo un trato que a mí me pareció justo: mi alma eternamente suya a cambio de unas cuentas cosillas para mí y otras para quienes me quieren. Partiéndose de risa, metió su brazo larguilucho por entre mis costillas, sacó de mis adentros el objeto en cuestión, y lo colocó sobre la mesa de negociación. Cuando la vi -yo nunca había visto un alma-, me llevé una decepción enorme.
Era un alma bastante pequeñaja, de color parduzco, como sucio. Tenía forma de huevo, con la cáscara bastante cuarteada y en su lado más ancho tenía un agujero considerable con los bordes quemados por el que se podía atisbar su interior, que se veía vacío, aunque aún goteaba un líquido denso y verdoso, como mermelada de ciruela. Clavado con una chincheta en la cáscara, el huevo llevaba un papel que el diablillo, todavía tronchándose, desclavó y me ofreció para que leyera. Curiosamente, yo que no había sentido ningún dolor cuando el diablo me arrancó el huevo, vamos, el alma, sentí un pinchazo en los huesos cuando desclavó la chincheta.
El papel en cuestión era como la ITV del alma, un registro detallado del mantenimiento, y de mi dedicación a su cultivo, alimento, riego, y cuidados durante toda mi vida. En una sola página con formato de hoja Excel, Satanás había recogido y ordenado por fecha todos los momentos en los que mi alma sufría algún deterioro, y lo mismo con mis escasas acciones correctoras. Creo que desde que nací, él sabía que acabaría proponiéndole un trato, así que ahora me presentaba un huevo roto, vacío y sucio, al que yo había dedicado una página de mi vida a cuidar, y por el que pretendía conseguir un alto precio. Efectivamente, Luci dominaba el arte de la compra-venta.
Con tal situación de inferioridad la negociación no duró demasiado. El diablillo, que hablaba por su móvil mientras comerciaba conmigo y seguía partiéndose de risa, como prestándome poca atención, me ofreció no cobrarme nada por recogerla y deshacerme de ella. No llegamos a un acuerdo en esa ocasión. Yo que una vez había oído que el diablo no escatimaba en regalos y parabienes cuando de conquistar un alma se trataba, pues no, se ve que o son ya demasiadas las almas que se venden, o los presupuestos del averno se recortan como todos o las almas ya no son lo que eran.
Mientras tanto estoy intentando conseguir un poco más probando otras vías, que siempre me queda tiempo de llamar a esta nueva versión de ‘Hell-maus’. Voy a probar con el blog-comercio electrónico colocando un anuncio aquí mismo, porque digo yo, que como lo que más quiero es acabar con esta sed horrible de vivir, pues que quizá a alguien le sobre un botijo lleno de vida que ya no vaya a necesitar.
Cambio alma por un botijo.
Razón aquí.
1-800-thirsty
Yo fui educado entre relicarios y guitarras con flores a María, por lo que vender el alma a Satanás había sido grabado a fuego en mi conciencia como lo último, lo peor, lo más bajo y rastrero que un ser humano podría realizar. A pesar de eso, lo hice.
Todo empezó sin pretenderlo. Un día encontré entre un montón de antiguos papeles un curioso cuadernillo, escrito y decorado a mano. Se titulaba "Shemhamforash!". Comencé a hojearlo, y vi que se trataba de un conjuro para invocar a Satanás y venderle el alma. Pensando ‘yuyu-yuyu’ lo dejé donde lo había encontrado y me largué.
Pasé la noche con el palabro martilleándome la cabeza "Shemhamforash!" "Shemhamforash!" "Shemhamforash!". Al día siguiente volví al lugar, tomé el cuadernillo, y me fui a un lugar tranquilo, donde pudiera leerlo sin sobresaltos.
Antes de terminar, ya había decidido que lo haría, a pesar de estar mercurio retrógrado, y no ser por tanto buena fecha para cualquier tipo de transacción, por muy espiritual que esta sea.
‘El diablo se esconde en los detalles’ es una frase que repito a menudo, y vaya que en esta ocasión resultaba propicia. Los preparativos fueron realmente lo más complicado. Entre otras cosas necesitaba una vela negra, una imagen de Bafomet y un pentagrama inverso, y eso no se compra en el Carrefour.
Una vez todo dispuesto, y con la capa del disfraz de Batman a modo de túnica negra, sobre el altar improvisado coloqué todos los elementos: la vela negra, la imagen, el pentagrama, el cráneo de la colección ‘El cuerpo humano’ de Planeta de Agostini, y una campanilla que hice sonar 9 veces para comenzar con el ritual...
“In nomine Dei nostri Satanas Luciferi Excelsi. En nombre de Satanás, que rige el mundo y es el Rey de la Tierra, yo ordeno a las Fuerzas de las Tinieblas que viertan su poder infernal en mí. Abrid las Puertas del Infierno de par en par y salid del Abismo para recibirme como su hermano y amigo...”
Continué el rito entre curiosidad, miedo e indecisión invocando a Satán, Lucifer, Belial y Leviatán.
"Poderoso Satán, antiguo Señor del mundo, esta noche estoy ante Ti para declarar y confirmar mi alianza para contigo, tomando tu Nombre como parte de mí mismo...".
"Shemhamforash!" ........................................
Efectivamente cuando llega el diablo, huele mal. Pero no es azufre, yo lo describiría más bien como ese olor a comida podrida de las cañerías atascadas de un fregadero.
Vino un diablillo con cara de ‘ya está el pesao de turno invocando un viernes a las 7 de la tarde...’. En cuanto le vi, supe que yo no era gran cosa ni para el diablo, que mandaba a un gregario con pinta de becario. Me sentí un poco indignado, casi habría preferido vender mi alma por e-bay y me habría ahorrado los preparativos. Queriendo acabar pronto con el trámite, le propuse al diablillo un trato que a mí me pareció justo: mi alma eternamente suya a cambio de unas cuentas cosillas para mí y otras para quienes me quieren. Partiéndose de risa, metió su brazo larguilucho por entre mis costillas, sacó de mis adentros el objeto en cuestión, y lo colocó sobre la mesa de negociación. Cuando la vi -yo nunca había visto un alma-, me llevé una decepción enorme.
Era un alma bastante pequeñaja, de color parduzco, como sucio. Tenía forma de huevo, con la cáscara bastante cuarteada y en su lado más ancho tenía un agujero considerable con los bordes quemados por el que se podía atisbar su interior, que se veía vacío, aunque aún goteaba un líquido denso y verdoso, como mermelada de ciruela. Clavado con una chincheta en la cáscara, el huevo llevaba un papel que el diablillo, todavía tronchándose, desclavó y me ofreció para que leyera. Curiosamente, yo que no había sentido ningún dolor cuando el diablo me arrancó el huevo, vamos, el alma, sentí un pinchazo en los huesos cuando desclavó la chincheta.
El papel en cuestión era como la ITV del alma, un registro detallado del mantenimiento, y de mi dedicación a su cultivo, alimento, riego, y cuidados durante toda mi vida. En una sola página con formato de hoja Excel, Satanás había recogido y ordenado por fecha todos los momentos en los que mi alma sufría algún deterioro, y lo mismo con mis escasas acciones correctoras. Creo que desde que nací, él sabía que acabaría proponiéndole un trato, así que ahora me presentaba un huevo roto, vacío y sucio, al que yo había dedicado una página de mi vida a cuidar, y por el que pretendía conseguir un alto precio. Efectivamente, Luci dominaba el arte de la compra-venta.
Con tal situación de inferioridad la negociación no duró demasiado. El diablillo, que hablaba por su móvil mientras comerciaba conmigo y seguía partiéndose de risa, como prestándome poca atención, me ofreció no cobrarme nada por recogerla y deshacerme de ella. No llegamos a un acuerdo en esa ocasión. Yo que una vez había oído que el diablo no escatimaba en regalos y parabienes cuando de conquistar un alma se trataba, pues no, se ve que o son ya demasiadas las almas que se venden, o los presupuestos del averno se recortan como todos o las almas ya no son lo que eran.
Mientras tanto estoy intentando conseguir un poco más probando otras vías, que siempre me queda tiempo de llamar a esta nueva versión de ‘Hell-maus’. Voy a probar con el blog-comercio electrónico colocando un anuncio aquí mismo, porque digo yo, que como lo que más quiero es acabar con esta sed horrible de vivir, pues que quizá a alguien le sobre un botijo lleno de vida que ya no vaya a necesitar.
Cambio alma por un botijo.
Razón aquí.
1-800-thirsty

jueves, marzo 17, 2005
El puntito
El grifo de mi ducha es muy sensible.
No quiero decir que tenga sentimientos, ni que le afecte mi forma de agarrarlo, o lo que escucha en la radio mientras me ducho. Quiero decir que el puñetero necesita una precisión milimétrica para darme la temperatura que a mí me gusta.
A ver si va a ser que realmente es sensible y le gusta que le acaricie, porque ciertamente son caricias a izquierda y derecha lo que hay que darle para que el agua pase de ardiente a heladora. Así que me paso media ducha achicharrándome o congelándome la piel, pasando del morado al rojo y del rojo al morado, hasta encontrar el puntito.
Esta mañana, con el puntito ya encontrado, estaba yo enjabonado y escuchando Kiss FM cuando me ha dado por pensar una de esas tonterías que todos pensamos alguna vez (eso espero, que no sea yo el único que lo hace). Así que cavilaba cuál sería la menos peor forma de morir en una ducha: helado o abrasado.
Como he sido siempre de ciencias y bastante más reflexivo que vehemente, pues me he puesto a calcular el gradiente de temperatura que debería soportar en cada caso. Calculaba que por muy fría que saliera el agua, nunca sería por debajo de cero grados, lo que significaría soportar 37º menos de lo que a mí me gusta. En cambio, puestos a escaldarnos, el agua podría llegar hasta 100º, o sea, 63º más del ideal. Así que la razón me decía que era mejor soportar un gradiente de 37º que otro de 63º. Mejor congelarse.
Luego, al salir de la ducha y mientras me secaba en medio de la tiritona, he cambiado de opinión: estoy harto de morirme de frío.
No quiero decir que tenga sentimientos, ni que le afecte mi forma de agarrarlo, o lo que escucha en la radio mientras me ducho. Quiero decir que el puñetero necesita una precisión milimétrica para darme la temperatura que a mí me gusta.
A ver si va a ser que realmente es sensible y le gusta que le acaricie, porque ciertamente son caricias a izquierda y derecha lo que hay que darle para que el agua pase de ardiente a heladora. Así que me paso media ducha achicharrándome o congelándome la piel, pasando del morado al rojo y del rojo al morado, hasta encontrar el puntito.
Esta mañana, con el puntito ya encontrado, estaba yo enjabonado y escuchando Kiss FM cuando me ha dado por pensar una de esas tonterías que todos pensamos alguna vez (eso espero, que no sea yo el único que lo hace). Así que cavilaba cuál sería la menos peor forma de morir en una ducha: helado o abrasado.
Como he sido siempre de ciencias y bastante más reflexivo que vehemente, pues me he puesto a calcular el gradiente de temperatura que debería soportar en cada caso. Calculaba que por muy fría que saliera el agua, nunca sería por debajo de cero grados, lo que significaría soportar 37º menos de lo que a mí me gusta. En cambio, puestos a escaldarnos, el agua podría llegar hasta 100º, o sea, 63º más del ideal. Así que la razón me decía que era mejor soportar un gradiente de 37º que otro de 63º. Mejor congelarse.
Luego, al salir de la ducha y mientras me secaba en medio de la tiritona, he cambiado de opinión: estoy harto de morirme de frío.

domingo, marzo 13, 2005
Matando el tiempo
Por fin ha pasado esta tediosa tarde de domingo. Hoy me he dedicado a matar el tiempo.
Se me había ocurrido que cuando el tiempo hubiese notado que iba a matarlo, me pediría clemencia, y se pondría en mis manos, ofreciéndose como mi esclavo a cambio de su vida eterna. Yo, señor del tiempo, deteniéndolo, moviéndome en él, adelante o atrás, repitiendo los momentos en los que todo fue mal para intentarlos de nuevo, y también los inolvidables, como releyendo mi libro preferido, olvidando la tensión de la trama y el final ya conocidos, pero gozando de cada palabra, de cada detalle, una y otra vez.
Pararlo todo, mientras uno descansa. O corre más y gana camino a la vida. Tomar ventaja, para poder gastarla después donde y como quiera. Ver los inevitables trenes pasar, pero sabiendo que podrá hacer de ellos una instantánea movida, difuminándolos sobre el fondo que desee, y eligiendo, por primera vez eligiendo.
Y sin embargo, no es el tiempo lo que cuenta, sino el instante. No es el tiempo el que llena el frasco de la vida, sino la vida llena de momentos la que hace que ésta se desborde, y la ausencia de ellos la que la seca y agrieta. No es la vida ni larga ni corta, sino llena o vacía.
Por fin ha pasado esta tediosa tarde domingo. Hoy me he dedicado a matar el tiempo, y él a matarme a mí. Y es que entre asesinos nos entendemos bien.
Se me había ocurrido que cuando el tiempo hubiese notado que iba a matarlo, me pediría clemencia, y se pondría en mis manos, ofreciéndose como mi esclavo a cambio de su vida eterna. Yo, señor del tiempo, deteniéndolo, moviéndome en él, adelante o atrás, repitiendo los momentos en los que todo fue mal para intentarlos de nuevo, y también los inolvidables, como releyendo mi libro preferido, olvidando la tensión de la trama y el final ya conocidos, pero gozando de cada palabra, de cada detalle, una y otra vez.
Pararlo todo, mientras uno descansa. O corre más y gana camino a la vida. Tomar ventaja, para poder gastarla después donde y como quiera. Ver los inevitables trenes pasar, pero sabiendo que podrá hacer de ellos una instantánea movida, difuminándolos sobre el fondo que desee, y eligiendo, por primera vez eligiendo.
Y sin embargo, no es el tiempo lo que cuenta, sino el instante. No es el tiempo el que llena el frasco de la vida, sino la vida llena de momentos la que hace que ésta se desborde, y la ausencia de ellos la que la seca y agrieta. No es la vida ni larga ni corta, sino llena o vacía.
Por fin ha pasado esta tediosa tarde domingo. Hoy me he dedicado a matar el tiempo, y él a matarme a mí. Y es que entre asesinos nos entendemos bien.

viernes, marzo 11, 2005
El C del M
- ¿De dónde eres?
- De España.
- ¿España...? Ah, España... Eso está en México, ¿no?
- No, está en Europa.
- ¡Ah, Europa! Sí, sí... Pero allí se habla mejicano, ¿no?
(California, 2003)
- De España.
- ¿España...? Ah, España... Eso está en México, ¿no?
- No, está en Europa.
- ¡Ah, Europa! Sí, sí... Pero allí se habla mejicano, ¿no?
(California, 2003)

lunes, marzo 07, 2005
Un cuento de otoño en invierno
Decidió huir. No hubo despedida.
Las farolas del parque, las finas gotas de lluvia compañeras de baile, la música del viento, el adúltero banco del fondo, la fuente vieja, los pájaros amigos bebiendo de su agua, el gran padre árbol, y por fin la hermana hierba sobre quien descansar por siempre.
Así terminó la hoja su huida, para nunca más volar.
Las farolas del parque, las finas gotas de lluvia compañeras de baile, la música del viento, el adúltero banco del fondo, la fuente vieja, los pájaros amigos bebiendo de su agua, el gran padre árbol, y por fin la hermana hierba sobre quien descansar por siempre.
Así terminó la hoja su huida, para nunca más volar.
martes, marzo 01, 2005
Vendetta
No sé perdonar.
‘No tener en cuenta la ofensa o falta que otro ha cometido’. Eso es perdonar. Y yo no sé hacerlo.
No me refiero a esas cuestiones cotidianas que pueden resultar más o menos molestas. Eso ni siquiera las considero ofensas. Me refiero a aquello que realmente nos duele y se clava tan dentro que nos revuelve las entrañas. Cuanto mayor es la ofensa, más difícil el perdón. Ofensa y perdón me resultan inversamente proporcionales, y en el punto de inflexión de esa función, la voluntad de perdón desaparece y aparece la de venganza.
‘Respuesta con una ofensa o daño a otro recibido’. Eso es la venganza. Y eso se me da bien.
A veces me doy miedo, puedo ser cruel. Conozco a las personas, y sé golpear allí donde más duele sin que parezca que lo he hecho. Mantengo mi herida abierta hasta que llegue el momento del resarcimiento. Ante todo intento desquitarme de la mejor forma, y ésta siempre suele ser pareciéndose lo menos posible al enemigo. No hablo de revancha, hablo de vendetta sibilina en toda regla. Esa que debe darse únicamente mientras se te considera derrotado, para que no se confunda con vileza.
El placer de la venganza consumada es intenso, tan infinito como efímero. Me recuerda a un orgasmo prohibido. Enseguida llegan los sentimientos de culpa. La venganza es atrozmente placentera, miel con espinas.
Afortunadamente, he encontrado un camino intermedio que da resultado, tanto para los deseos de venganza, como para el perdón imposible y para los orgasmos prohibidos: el camino del olvido.
‘No tener en cuenta la ofensa o falta que otro ha cometido’. Eso es perdonar. Y yo no sé hacerlo.
No me refiero a esas cuestiones cotidianas que pueden resultar más o menos molestas. Eso ni siquiera las considero ofensas. Me refiero a aquello que realmente nos duele y se clava tan dentro que nos revuelve las entrañas. Cuanto mayor es la ofensa, más difícil el perdón. Ofensa y perdón me resultan inversamente proporcionales, y en el punto de inflexión de esa función, la voluntad de perdón desaparece y aparece la de venganza.
‘Respuesta con una ofensa o daño a otro recibido’. Eso es la venganza. Y eso se me da bien.
A veces me doy miedo, puedo ser cruel. Conozco a las personas, y sé golpear allí donde más duele sin que parezca que lo he hecho. Mantengo mi herida abierta hasta que llegue el momento del resarcimiento. Ante todo intento desquitarme de la mejor forma, y ésta siempre suele ser pareciéndose lo menos posible al enemigo. No hablo de revancha, hablo de vendetta sibilina en toda regla. Esa que debe darse únicamente mientras se te considera derrotado, para que no se confunda con vileza.
El placer de la venganza consumada es intenso, tan infinito como efímero. Me recuerda a un orgasmo prohibido. Enseguida llegan los sentimientos de culpa. La venganza es atrozmente placentera, miel con espinas.
Afortunadamente, he encontrado un camino intermedio que da resultado, tanto para los deseos de venganza, como para el perdón imposible y para los orgasmos prohibidos: el camino del olvido.
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