lunes, septiembre 12, 2005

sEpTiEmbRe, luNes dOce

Un año.

Tan poca, tanta, vida entre dos septiembres.

Ni origen, ni destino. Sólo camino y compañero dan al viaje sentido.

Última estación. Me quedo en tierra.

Bajo ella.



Los mejores deseos para mis queridos amigos de la blogosfera, en el día en que todo acaba. No os olvidaré NUNCA. Os quiero.

lunes, julio 25, 2005

Perspectiva

Fue alejándome como supe a quién tengo cerca. No hay sorpresas. El silencio es el fiel amigo que acompaña a las excepciones. (Pretencioso plural)

Se ha detenido el tiempo, aunque pasa. Es lo único que pasa, inexorable, lento. No amanece, ni anochece. No ha salido el sol, ni se ven aún estrellas. No hay viento, y el aire ha desaparecido, de mis pulmones. Pasa la gente junto a mí, en silencio, con prisa, y aunque miran al suelo, no me ven.

Cómo he llegado aquí, me pregunto. Y ni siquiera yo me oigo.

miércoles, junio 29, 2005

Decenas de finales

Nunca cojo nada del suelo. Pasé la mitad de mi infancia escuchando a mis padres gritar '¡deja eso, caca!'. Y no me extraña. Me comía todo lo que encontraba, lo que más de una vez nos llevó a urgencias para radiografiar tapones de boli, muelles de pinzas, monedas y cabezas de airgam-boys.

Recuerdo las reuniones familiares, esas en las que mi madre sacaba las fotos que más me avergonzaban para mofa de todos, como la de la primera comunión a la que yo había querido ir vestido de capitan de marina, y me vistieron de Nino Bravo. Para rematar la faena siempre terminaba sacando de su armariodondeguardadetodo las radiografías de mis intestinos y la cabeza del airgam-boy indio corriendo por ellos.

De aquella época me ha debido quedar la manía de mirar a menudo hacia el suelo mientras camino, que no es que sea cabizbajo por resignado, sino por observador de profundidades. Mirando hacia abajo uno se pierde casi todo, pero de vez en cuando encuentra algo. En una ocasión encontré una foto de carnet caída en el suelo, sobre la acera de una céntrica y ruidosa calle. Era de una chica joven, con el pelo castaño y ondulado, cara muy blanca y mofletes colorados. La foto estaba pisada y un poco arrugada. Me dio mucha pena dejarla en el suelo. Me imaginaba desde su indefensa perspectiva, viendo centenares de pies gigantescos pisándome uno tras otro. La recogí. Quería evitar su sufrimiento. Me acerqué a una papelera, pretendiendo darle un final mucho más digno a su existencia. Ella me miraba arrugada y sucia, como pidiendo ayuda. Y yo me disponía a tirarla como un desperdicio más y seguir mi vida.

Cuando uno se ha sentido un desperdicio y lo han tirado a la basura, aprende a valorar una mano que te alisa las arrugas, te limpia la cara y te protege de pisotones. La metí en mi cartera junto a mi foto del carnet de la biblioteca.

Ha pasado mucho tiempo, y la foto aún sigue ahí. La veo casi cada día. A veces he pensado... ¿y si un día me encontrase con su dueña frente a frente en un autobús? Le he dado decenas de finales a ese pensamiento.

jueves, junio 23, 2005

Marketing

Nombre que proviene del sajón "Osgaard" y su significado es "lanza de los dioses".

Dotado de un gran sentido común, una serenidad y una extraordinaria capacidad para reflexionar, que le hace ser una persona tranquila y apacible. Comprensivo y dotado de una gran intuición, es un buen consejero. En el terreno laboral o profesional, llegará a conseguir sus metas a base de empeño y tesón.

Es ardiente y apasionado en el amor, sincero y f iel a su pareja.

La cifra que le trae suerte es el seis, y los colores que le favorecen son el naranja y el negro.



Me pregunto si habría comprado una tarjeta sin censurar...


Nombre que proviene del sajón "Osgaard" y su significado es "lanza de los dioses".

Privado de sentidos propios, oculta su desasosiego y ruido internos y muestra una extraordinaria capacidad para encajar, que le hace dudar de ser una persona. Complaciente sin límites con los suyos, intolerante con los intolerantes, consejos vende que para él no tiene. En el terreno laboral o profesional, llegará a conseguir las metas de otros a base de prostituirse.

Es fuerte y vive cuando le sonríen el amor y la pasión. Se envilece cuando desaparecen.


La cifra que le trae suerte es el 666..., y los colores que le favorecen son muy pocos.


Un chocolate a 10.000

Como lo prometido es deuda, aunque llegue un poco tarde, aquí está el vale a presentar por 80.58.8.170, que será canjeado por un espeso y calentito chocolate con churros como premio a la visita 10.000 a este bosque.

Dada la falta de identificación del usuario, en caso de no aparecer la invitación se hace extensiva a las visitas 9.999 y 10.001.

martes, junio 14, 2005

Los posos

Cada día a las 8, cuelgo mi arco, mis flechas y mi gorro verde en una rama de un alegre ciprés, que los cipreses son siempre alegres da igual donde estén plantados. Éste se muestra altivo y orgulloso de la fuente de agua fresca y clara que mana a su lado, que lo riega siempre, lo arrulla por la noche y lo refresca por la mañana.

Sin arco, flechas ni gorro verde me quedo en bastante poca cosa, así que me disfrazo con mi traje gris y me dirijo a mi trabajo, una versión moderna de pillaje y rapiña, que ahora llaman ‘negocios’. Las incautas víctimas de antes, que pasaban por el bosque y cuyas bolsas repartíamos entre los que menos tenían, son ahora agresivos ejecutivos de multinacionales alemanas a quienes cuesta bastante más engañar, y son los accionistas quienes se reparten la bolsa que a duras penas conseguimos.

Renunciar a mis valores, dejarlos olvidados en el bosque junto al ciprés para vestirlos de nuevo a la vuelta, y asumir como propia la misión, la visión, los principios y valores de la empresa. A eso lo llaman ‘profesionalidad’. Aceptar eufemismos como dogmas de fe. Hablar de capacidad de adaptación al cambio y flexibilidad, de responsabilidad plena y autonomía de los equipos, de comunicación fluida, de confianza mutua...Mentir, deformar, robar, posicionarse, ocupar. En este mundo la confianza es propia de los incautos. La comunicación fluida, de los correveidiles. La responsabilidad, de los comemarrones. La autonomía, de los solitarios. La capacidad de adaptación, de los abrazafarolas.

Nunca me ha ido bien en los ‘negocios’ cuando se me ha quedado alguno de mis valores pegado, y sin darme cuenta no lo he dejado con los otros junto al ciprés. No se puede aborrecer la sangre si se es cirujano. Tampoco me ha ido mucho mejor cuando he extrapolado criterios empresariales a mi vida en el bosque. No se puede usar el bisturí para arreglarlo todo.

Sin embargo, quedan los posos. Porque la transformación no es completa. Y si los posos son los adecuados, sí que ayudan. Eres cirujano, con posos de integridad: cortas, sajas, amputas, seccionas, sin contemplaciones, pero tratas con cariño al enfermo, a su familia. Intentas ser buena gente, con posos de cirujano: vives, ayudas, confías, alegras, comprendes, sientes, pero localizas los problemas y los amputas con precisión.

Busco los posos buenos de cada parte e intento usarlos hacia uno y otro lado. Son pequeñas cosas: convencer a los accionistas de mi empresa para sustituir los regalos de Navidad a nuestros clientes por una postal que dice “Este año nuestra empresa no hará regalos por Navidad. Con este pequeño sacrificio usted ayudará a que en su lugar apadrinemos a 50 niños en Perú y Colombia” intentando ser profesional e íntegro, y no interesado. O aconsejar a un amigo que simplificar el problema es mejor que complicar la solución, intentando hablar en el bosque al estilo Kaoru Ishikawa.

Ahora solo me queda averiguar como librarme de los posos malos. Esos que se quedan adheridos en los más oscuros rincones del pensamiento, y que saben aparecer cuando menos se les necesita.

lunes, junio 06, 2005

Brindo

Porque las líneas escritas
sean sólo lo que te hizo ser
y las que te quedan por escribir
sean las que me hagan a mí




Brindis: del alemán 'Bring dir's', 'Yo te lo ofrezco'

Yo te lo ofrezco

Recogiendo el testigo

Nunca me gustaron las cadenas.
Pero viniendo de Buddy y Luthie recojo el testigo, y me lo quedo como un regalo.
Un abrazo, guapos.

1. Tamaño total de los archivos de música en mi ordenador: 4,7 Gb
2. Último disco que me compré: Fito y Fitipaldis - 'Vivo... para contarlo'
3. Canción que estoy escuchando ahora: Brian McFadden - 'Real to Me'
4. 5 canciones que escucho un montón o que tienen algún significado para mí: ¿5? Imposible. Todas las que van apareciendo en 'Mi BSO'

martes, mayo 31, 2005

Los colores de la traición

Me pidió que fuera el padrino de su hijo. Ella necesitaba un católico y mi origen era una buena credencial. Necesitaba discreción y yo pronto volvería a casa, a miles de kilómetros de distancia. Sin el consentimiento de su marido, bautizaríamos a su hijo en una fe distinta de la suya.

El me abrió las puertas de su casa, durmió en el suelo para dejarme su cama, fue mi amigo. Yo le correspondí traicionando su voluntad de padre musulmán, de dejar que fuera el niño quien ya de adulto decidiera qué fe deseaba profesar.

Ella me abrió las puertas a su nueva vida, durmió con su marido en el suelo mientras yo respiraba su aroma en su cama, fue mi amiga, y más que eso. Yo le correspondí traicionando su voluntad de madre cristiana, de ser un padrino católico para su hijo.

La mayor traición es la que se consuma sin que nadie lo sepa. Y él sigue llamándome amigo, y ella sigue pensando que fue la religión lo que me movió a aceptar su propuesta.

“La mentira más común es aquella con la que un hombre se engaña a si mismo. Engañar a los demás es un defecto relativamente vano.”
Friedrich Nietzsche

sábado, mayo 21, 2005

Uno de náufragos

Despertó tendido boca abajo sobre la arena de la playa. Sentía frío. Las olas le mojaban rítmicamente hasta la cintura. Pasaron unos minutos hasta que intentó levantarse por primera vez...

...

La cena era la mejor parte del día. No por abundante, que no lo era, ni por sabrosa, que tampoco. Lo era por ser el preludio del sueño, y con él, de la evasión. Cada noche, en silencio, perdía su mirada en el baile de las llamas, como queriendo ver a su través. Y como siempre, sus recuerdos se detenían en aquella mañana soleada en la que despertó tumbado en la playa de esa maldita isla. No conseguía recordar nada más. Nada. Quién era. Cómo había llegado allí... Por más que lo intentara solo venían a su mente flashes de una vida pasada en la que no se reconocía. Una casa con hierba en el tejado, un suelo alfombrado, una estación de tren, una ocarina y una guitarra, una chaqueta de lana negra, ...

Después de la cena, se colocaba siempre de la misma incómoda postura en un agujero excavado en una roca, que se le servía de refugio y de cama. No quiso nunca construir una cabaña o un refugio mejor, no quiso dedicar una sola hora de su trabajo a hacer de aquella isla un lugar cómodo. Desde el primer momento dedicó toda su energía a buscar la forma de salir de aquel lugar. En su agujero, se prohibía pensar en sus planes, en sus problemas, en sus dudas. Ahí, cada noche soñaba una vida diferente. Era su agujero de soñar.

Había convertido los días en una rutina asfixiante, un programa diario de actividades que mantuviera su mente ocupada para que no la inundara el sentimiento de soledad. La mayor parte del tiempo la dedicaba a buscar sustento. Frutas, raíces, peces y algún pequeño animal que aprendió a cazar. El resto del tiempo miraba las mareas, estudiaba los vientos, leía las estrellas, seguía el vuelo de los pájaros, oteaba horizontes, medía distancias, calculaba posiciones, evaluaba posibilidades, preveía tormentas, analizaba corrientes, y sobretodo, memorizaba todos y cada uno de los datos, que algún día podrían llevarle a encontrar la manera de salir de allí.

A pesar de no saber dónde se encontraba, ni hacia dónde debería dirigirse, tomó una decisión. Sea como fuere que saliera de allí lo haría hacia el norte. Siempre hacia el norte. Recordaba que de donde él era hacía frío, y en aquella maldita isla hacía calor, siempre calor. Estaba decidido: iría hacia el norte.

El sol se ocultaba en ese momento por entre los dos islotes que veía desde su agujero. Sabía que ese punto sería exactamente el oeste si ese día fuera cualquiera de los equinoccios, 21 de marzo o 23 de septiembre, pero no sabía la fecha en la que se encontraba, por lo que esa referencia era solamente aproximada. Recordó una mejor forma de orientarse con el sol. Clavó un palo en el suelo y marcó el extremo de la sombra. Dejó pasar un buen rato y marcó la nueva posición. Unió esos dos puntos con una línea que marcaba la dirección oeste-este, siendo el primer punto el oeste, que claramente marcaba hacia los islotes.

Miraba la luna. Formaba una elegante C sobre las estrellas. Mentirosa, recordó. La luna miente. Me dice C de creciente, así que mengua. Y recordó que cuando la luna mengua los extremos de la C siempre apuntan al oeste. Y apuntaban hacia los islotes.

Contemplaba Casiopea, y desde allí, la Osa Menor, y no mucho más allá la Osa Mayor. Recordó que en el hemisferio norte, la pálida Estrella Polar, no siempre fácil de ver, indicaba el norte. Pero no sabía en qué hemisferio se encontraba. ¿O sí?. ¡Claro! Los islotes marcaban el oeste, por lo tanto el norte debería estar ahí, 90 grados a su derecha. Sin embargo la Estrella Polar indicaba exactamente el lado opuesto, por lo que se encontraba en una isla perdida del hemisferio sur. Por un momento se sintió fuerte, inteligente. Aquella pequeña victoria le hizo sentir que podría salir de allí.

Pasaron las semanas, los meses, los años... Pese a los malos momentos, nunca había perdido la esperanza, pero aquel mes de lluvias inesperado que le mantuvo dentro de su agujero de soñar, acabó con todas sus ilusiones. Profanó su agujero. Tuvo demasiado tiempo para pensar en algo que ya sabía y se ocultaba en su rutina. No tenía herramientas, apenas fuerzas. No podría construir una balsa, y aunque lo hiciera, adentrarse en un mar solitario y desconocido sobre unos troncos mal unidos, sin apenas agua o provisiones era una muerte segura. Y se derrumbó.

De entre los pocos restos que aparecieron junto a él en la playa había guardado una botella de licor de miel en una gatera del refugio. Se prometió beberla cuando tuviera algo que celebrar, o cuando se diera por vencido. Tragándose su esperanza mojada en licor, bebió.

Le despertó un sol radiante, y un tremendo dolor de cabeza. El sabor dulzón de la miel se mezclaba con el salitre de la arena que secaba su boca apoyada en el suelo. Entreabrió sus ojos, cegados por el reflejo del sol en el vidrio blanco de la botella. Entonces sonrió.

Era un náufrago en una isla olvidada. Tenía una botella. Y no había pensado en el más típico de los recursos. ¡¡Un mensaje!! Se levantó acelerado. Intentó despejarse en el agua del mar. Se sentía ansioso. Necesitaba un plan. Cuidar cada detalle minuciosamente. Cómo escribir el mensaje, qué decir, cómo indicar su posición, hacia dónde lanzar la botella,...

No tenía papel ni bolígrafo. Pensó en escribir su mensaje en un palo pelado que pudiera meter por el estrecho cuello de la botella, y marcar el mensaje con una piedra fina. Tras hacer unas pruebas descartó esa posibilidad. Luego pensó en escribir sobre hojas, pero quizá se secaran o pudrieran antes de llegar a su destino. El sol le abrasaba y no le dejaba pensar. Se secó el sudor de la frente con los restos de su raída camisa y volvió a sonreír. Una vez limpia, la tela de la camisa sería un papel perfecto.

Le tranquilizaba pensar que dispondría de bastante espacio para escribir su mensaje. Pero, ¿qué podría escribir?. Desconocía su nombre, su ubicación, cómo llegó hasta allí... Recordó que hablaba idiomas. Lo escribiría en inglés por un lado y en el suyo por el otro. Habría decidido dar datos de todas sus observaciones. Un dibujo con la forma y tamaño aproximados de la isla y los islotes cercanos, una descripción del clima, de la vegetación, de las mareas, de la fauna, un mapa de la ubicación de las estrellas vistas desde su agujero, incluso una muestra de flores, plantas y algún pequeño mineral. Además, pensó en escribir una descripción de sí mismo, de sus recuerdos, del tiempo que llevaba perdido, con la esperanza que alguien aún le estuviera buscando.

Necesitaba algo para escribir. Plantas, pensó. Frutos rojos. Insectos molidos. Sangre de algún animal. Era tal su ansiedad que no pudo esperar. Tomó el palo afilado que usaba como punzón y se rajó su propio brazo. La tinta salía a borbotones, y con ese mismo punzón comenzó a escribir y a dibujar sobre la tela ya limpia y seca de su camisa.



Cuando hubo terminado enrolló cuidadosamente el mensaje. Lo introdujo junto con todo lo demás en la botella y añadió un pedazo de tela con un bien visible SOS escrito en sangre. Después cerró fuertemente el tapón asegurándolo con una tira de tela anudada a su alrededor y se dirigió hacia el mar.

Tras comprobar que la botella flotaba y que el agua no entraba en su interior se dirigió hacia el punto de la isla más cercano a los islotes, un saliente elevado sobre la playa. Había comprobado que la única corriente capaz de alejar algo de aquel lugar era un curioso efecto venturi que se producía en el pasillo largo y estrecho que formaban aquellas rocas.

Miró la botella, la besó, la tomó por el cuello y apuntó hacia el centro de los islotes. Tomó impulso y con toda su energía la lanzó. Como en cámara lenta vio cómo se acercaba hacia su objetivo, dando frenéticos giros, aún subiendo, aún volando. No se explicaba de dónde habría sacado tanta fuerza. El mensaje embotellado comenzó su descenso. El lanzamiento había sido preciso, pero no imaginaba que habría llegado tan lejos. Debió haber ensayado con piedras o troncos de parecido tamaño y peso, pensó. Era demasiado tarde.

Un segundo antes de que la botella se estrellara contra el islote más cercano, el ya era consciente de su error. Desde aquella distancia pudo ver el sol reflejarse en cada uno de los mil pedazos de vidrio que saltaron hacia el mar. El ruido de las olas apagó cualquier otro. Hasta el de su corazón, que pareció dejar de latir.

Unos minutos después, dejó de apretar los labios y los puños, y se dirigió a su agujero de soñar.