sábado, enero 29, 2005

Border

Existe un mágico lugar muy cerca de donde no vivo. Es un lugar pequeño, solo cabe una persona. A lo sumo dos. La brisa golpea la cara de frente y huele a olas y a sal. Hay una barandilla blanca, frontera entre la realidad y la magia. Se exige visado, en forma de abrazo.

Si se está solo, se aprovecha la postura ligeramente reclinada sobre la barandilla, en la que se apoyan los codos y se cruzan los brazos, abrazándose a uno mismo. Si ella está, se apoya únicamente el codo izquierdo sobre la barandilla, se coge con la mano su mano izquierda y se pasa por su espalda el brazo derecho, apretando fuertemente el pecho contra su hombro.

Yo me he acostumbrado a tener ambos codos sobre la barandilla, y a pasar mucho tiempo aquí. Un día me recliné más de lo habitual, y pude ver algo escrito en el otro lado. Algo antiguo, medio borrado por la brisa y la sal, que aún podía leerse:

A ti, azul,

Mar serena, cielo silente

Tierna, altiva

Infinita y constante

Seductora indolente

Audaz, pasiva

Fiel, distante

Luz azul confidente

Inmaterial, viva

Fría, extravagante

Ya me tienes,

Agua inalcanzable

El norte eres, azul

Rojo de ira

Rojo de envidia

te escribo, a ti te escribo in blue

domingo, enero 09, 2005

Seiri Seiton Seiso Seiketsu Shitsuke

Inevitablemente con el nuevo año llegan los buenos propósitos. A falta de poder ordenar su vida, uno se conforma con poner orden en su trastero, como si fuera fácil.

El orden y la limpieza llevan asociada la terrible disyuntiva: 'Vale - No vale'. Dada mi natural tendencia a la conservación de todo aquello que tenga el mínimo valor material o sentimental, me impuse una norma que casi nunca cumplo: 'si llevas más de un año sin utilizarlo es que no lo necesitas'. Después de un vistazo y un rápido cálculo, este año estimé en un 80% de mi trastero lo que debería tirar siguiendo mi autonorma.

Una vez más me la he saltado, y he conseguido salvar de mi ira más de la mitad de mis pertenencias, que duermen seguras al menos hasta el próximo año nuevo. Entre ellas, dos cancioneros. Uno de ellos, el de mis canciones favoritas de adolescencia, el otro el de mis canciones.

Escondidos en el bolso interior de la funda de la gibson que alegró mis años mozos, habían conseguido eludirme ya bastantes añosnuevos. Los pobrecitos, temerosos de terminar reciclados en factura, multa o papel de cocina, no sabían que ellos pertenecen a ese selecto grupo de pertenencias, llamadas recuerdos, que por poco uso que se les dé, nunca se tiran hasta que no se olvidan. Y no se olvidan hasta que definitivamente dejan de recordarse.

De la página 7, de 'mis canciones'.
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PARAISO PERDIDO
En las cascadas más limpias
allá donde brilla el agua
donde cada amanecer
parece romperse el alba.

Allá donde las gaviotas
dejan de mover sus alas
donde no crece la hierba
al sonar de una guadaña.

Es el paraíso perdido
que tú has creado en mi alma
un paraíso que destroza
esta tormentosa calma.

No te vayas de mi lado
quisiera verte mañana
quiero que cuando despierte
amanezcas en mi cama.

De la página 24, de 'mis favoritas'.
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HOY
Hoy hace un buen día para hablar de nada
para sentrarse solo en una cama
y entretenerse en cualquier cosa.

Hoy, las horas pasan como distraídas
como con miedos y con poca prisa
matando ratos sin quererlo.

Hoy, no queda nada solo esa mirada
solo ese reflejo que es acero inoxidable
dentro de los sentimientos.

Ves que poco a poco va pasando el tiempo
va dejando canas que llenan mi cabeza
y mi cerebro sin remedio.

Tic tictac tictac suena un reloj
mi habitación parece otra
y fíjate que es la de ayer.
Tic tictac tictac suena un reloj
mi habitación parece otra
y fíjate que es la de ayer.

Hoy, la lluvia pega contra el pavimento
la gente corre y entra en los portales
y yo me rio entre visillos.

Hoy, la tierra huele como diferente
serán las gotas de agua o el ambiente
que nos envuelve hace ya tiempo.

Hoy, no queda nada solo esa mirada
solo ese reflejo que es acero inoxidable
dentro de los sentimientos.

Ves que poco a poco va pasando el tiempo
va dejando canas que llenan mi cabeza
y mi cerebro sin remedio.

domingo, enero 02, 2005

Queridos Reyes Magos:

No voy a engañaros. Hace mucho que perdí la fe en todo, incluso en mí mismo. Ya ni os cuento en vosotros ni en aquel a quien adoráis. Defiendo y creo en su mensaje y sus valores, pero no creo en angelotes de alas blancas, demonios con cuernos y rabo, edenes, adanes, evas ni serpientes, resurrecciones, juicios finales, ascensiones, milagros ni apariciones, espíritus inseminadores con forma de paloma, infalibilidades ni omnipresencias.

Primero fue la ciencia y la tecnología lo que me hizo dudar de vuestra existencia. Aunque no fue eso lo que me convenció, sino el desencanto y la desilusión. Y no tiene nada que ver con el hecho de que me hayáis defraudado el que yo sea profundamente republicano y no crea en la monarquía. Y es que, Reyes, lo que se da no se quita, Santa Rita Rita. Pero claro, tampoco creo en los santos.

Así que hoy, quiero enviaros la primera carta en mucho tiempo. Y con ella quiero pediros, mejor, exigiros, que devolváis aquello que habéis robado, ya sea por acción u omisión. No es una prueba lo que os pongo. No estoy hablando de 'dadme esto y creeré en vosotros'; estoy apelando a vuestra dignidad real, a vuestra magia, o al poder absoluto de vuestros contactos divinos.

No os pediré que os llevéis el llanto y la desolación, pero devolved al menos la calma a las aguas y a las tierras, y dadnos otras muestras de vuestro poder que no supongan miles de muertos en ningún lugar del mundo, ni siquiera aquellas tierras en las que los infieles adoran a otros magos y a otros dioses.

No os pediré que devolváis los niños a sus padres ni los muertos a sus familias, pero devolved al menos el juicio y la buena fe a todos los terroristas, a los que segaron la vida a tantos niños en Rusia, a los que convirtieron los trenes en ataúdes en Madrid, a Bush, a Sharon y a sus secuaces.

No os pediré que nos deis líderes honestos, pero devolvednos al menos la lucidez para elegirlos.

Tampoco os pediré que devolváis la paz a las familias en las que la ira de una media naranja emponzoñada acabó con la otra, pero devolved al menos la cordura y la sensatez a quienes la provocan y el sosiego a quienes la sufren.

No os pediré que devolváis de las aguas a quienes hicisteis naufragar en la esperanza de una tierra prometida, pero devolved al menos la honra y la decencia a las muertes que tienen número en vez de nombre.

Y pecando de egoísmo, ya que al fin y al cabo se trata de mi carta, no os pediré que vuelvan mis años felices, pero devolvedme al menos:

la mirada escondida, la primera vez que la vi
el calor de su cuerpo, sentada junto a mí
el sabor de su boca, de aquel primer abril
el olor de su pelo, y su forma de reír
el hambre y la locura, de aquella fuga a París
la pasión de las noches, sin tiempo de dormir
el color de su mirada, cuando me dijo sí
los sueños compartidos, la alegría de vivir

Si os resulta demasiado, podéis esperar a las rebajas y dejarme una puta corbata.



lunes, diciembre 27, 2004

Una nochebuena

Una de las muchas cosas que aprendí cuando aprovechaba mi tiempo, fue a tragarme la vergüenza.

Recuerdo el silencio, sólo roto por el sonido del viento, de mi respiración y de la nieve aplastada bajo mis pies. Recuerdo la oscuridad, apagada por las escasas farolas de luz amarilla trepando por el gris de las casas. Recuerdo el frío y el viento cabalgando juntos, y abrazándome como alegrándose de verme. Recuerdo la agradable sensación de perderme por calles sinuosas y desordenadas, descubriendo estrechas plazas y patios, ventanas empañadas con quietas figuras dentro, chimeneas humeantes, puertas cerradas, abrigos negros y callados. Recuerdo agua cayendo de los tejados, y las gotas salpicando en los charcos de la acera de adoquines, marcando el tiempo del largo invierno.

- Voy yo.
- ¿Seguro? ¿Crees que lo encontrarás? Está oscuro. La licorería está en Stikliu Gatvé, a unos 20 minutos de aquí. Abrígate y lleva un paraguas.
- Nunca uso.


No me habría importado mucho pasar una Navidad sin vodka, pero perderme aquel paseo nocturno, eso no.

Me llevó casi tres cuartos de hora llegar al sitio indicado, y no por problemas de orientación, sino porque el camino más interesante siempre parecía el que más se alejaba del correcto, como intentando resumir mi vida.

El acceso a la licorería desde Stikliu Gatvé era imposible de localizar sin conocerlo, o sin un plano en una servilleta como el mío. En el callejón entre los números 17 y 19, donde desaparecían los adoquines y el barro ocupaba su lugar, un pobre borracho celebrando un día más de vida anunciaba la inminencia del local, como un neón intermitente ahora bebo - ahora muero. Hacia la mitad del callejón, unas escaleras que bajaban al sótano del edificio, y después un corredor oscuro de unos cincuenta metros que desembocaba en unas verjas metálicas atadas con una cadena. Era el timbre. Golpeando la cadena contra las verjas se abría una puerta tras ellas, apareciendo una sombra que alargaba la mano donde dejar el billete de diez. Por entre los barrotes, una botella de Stolichnaya envuelta en un papel de periódico.

El camino correcto era efectivamente mucho más corto. En apenas 15 minutos ya casi había llegado de vuelta a casa. Una luz más intensa que las demás indicaba una tienda abierta. Junto a ella, ella. No puedo calcular su edad, pero seguro que era mucho más joven que lo que aparentaba y mucho más vieja de lo que era.

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Llevaba un bastón en el que apoyaba su cansancio, un pañuelo negro sobre las canas y una gabardina de caballero sobre una chaqueta de lana. Sus zapatillas de felpa estaban empapadas por la nieve.

Contaba monedas en el umbral de la puerta. Monedas pequeñas, viejas, sucias, que se escurrían de entre sus manos ajadas, sin tacto. Contaba y miraba hacia la tienda, en cuyo escaparate se mostraba la mercancía. Pan, un par de zapatos, una linterna, latas de pescado ahumado, ropa de niño, utensilios de cocina,... Una y otra vez contaba las monedas y apretaba el puño al terminar.

Al pasar junto a ella yo miraba sus manos para evitar sus ojos. Con el bastón en la muñeca, una de las manos me pidió que me detuviera, y la otra me enseñó las monedas. No le costó mucho hacerme entender que apenas le faltaban unos kopeks para comprar el pan. Y a mí tampoco me costó meter mi mano en el bolsillo y añadir otras monedas a las que ya tenía.

Poco después la anciana salía de la tienda con el pan partido en dos pedazos. Quería compartir conmigo su cena de nochebuena. A pesar de que me negué en repetidas ocasiones, ella tomó el pedazo de pan y lo metió en mi mochila. Me quedé con él, me sonrió, se compuso ligeramente la gabardina y el pañuelo y se fue. Me quedé frente a la tienda viendo como se alejaba, arrastrando las zapatillas de felpa por los surcos de nieve de la acera.

De camino a casa me atormentaban los cientos de cosas que podría haber hecho por ella. La vergüenza de mí mismo me impedía mirar atrás.

- ¿También has traído pan?
- Sí, pensé que podríamos necesitarlo.

miércoles, diciembre 22, 2004

Enseñanzas

"Cuanto mayor es la dificultad, mayor es la gloria". Marco Tulio Cicerón



21 siglos separan las palabras de este cónsul romano de la estúpida interpretación que algunos hacen de ellas.

Así es cómo un técnico de Toyota prepara una patata al horno
* Precalienta un horno nuevo, de buena calidad, a 200ºC.
* Introduce una gran patata envuelta en papel de aluminio.
* Durante los siguientes 45 minutos se dedica a hacer algo productivo.
* Comprueba que la patata está hecha, la saca del horno y la sirve.

Así es cómo un técnico de Volkswagen prepara una patata al horno
* Elabora las especificaciones técnicas de la patata asada (Bratkartoffelnlastenheft) y comienza con el proceso de petición de ofertas (Angebotsbeantragung) y selección de proveedores (Lieferantsauswahl).
* Una vez preseleccionado el proveedor, le encarga que precaliente el horno a 200 ºC.
* Realiza un workshop informativo en casa del proveedor para que éste le demuestre su máxima eficiencia en el giro del botón del horno hasta la marca de 200º C.
* Demanda del fabricante del horno los certificados de calibración del mismo, exigiendo una variación de +/- 6 sigma en la medición de temperatura a 200 ºC.
* Elabora un procedimiento de control por el que el proveedor de la patata deberá instalar en el horno un termosensor iónico que garantice una comprobación continua de la temperatura durante su funcionamiento.
* Da instrucciones al proveedor para que coloque la patata dentro del horno y programe el temporizador en 45 minutos.
* Ordena al proveedor que interrumpa el proceso y abra la puerta del horno para demostrar la correcta colocación de la patata.
* Solicita un estudio técnico (Informationsbeantragung) que demuestre que la temperatura óptima de cocción de una patata es de 200ºC y que el tiempo necesario es de 45 minutos, exigiendo un plan para la reducción de costos (Kostenoptimierungsplan).
* Comprobación del estado de cocción de la patata a los 10 minutos.
* Comprobación del estado de cocción de la patata a los 11 minutos.
* Comprobación del estado de cocción de la patata a los 12 minutos.
* Exige al proveedor un informe detallado (Entwicklungsbericht) de la evolución de la cocción cada 5 minutos.
* Tras el estudio de benchmarking y ver que la competencia ya dispone de patatas asadas en el mercado, se demanda del proveedor un plan de acción para la reducción del tiempo de cocción.
* Comprobación del estado de cocción de la patata a los 15 minutos.
* A los 35 minutos de cocción, llega a la conclusión de que la patata está ya casi hecha.
* Felicita al proveedor. Después informa a su superior sobre los excelentes logros obtenidos, a pesar de que haya tenido que trabajar con un proveedor no dispuesto a cooperar.
* A los 40 minutos de cocción saca la patata del horno, a fin de realizar una reducción de costes sin perjuicio de la calidad de la patata, en comparación con el tiempo de cocción inicialmente estipulado de 45 minutos.
* Ordena al proveedor que abra el horno.
* Ordena al proveedor que saque la patata y presente el Initial Sample Inspection Report para la homologación del proceso.
* Una vez homologado el proceso de asado por el departamento de calidad de Volkswagen (Qualitätssicherungsabteilung), se sirve la patata.
* El técnico se pregunta cómo es posible que estos malditos japoneses puedan asar una patata tan buena y tan barata, y que por lo visto a la gente le guste más que las patatas de Volkswagen.


Ay Cicerón, cómo se nota que viajabas en cuádriga...

miércoles, diciembre 15, 2004

ABBA CDDC EFE FEF

Mi mujer perfecta ha de ser, primero
Imperfecta, para que así esté conmigo,
Saber matarme con lo que no digo
Y resucitarme cuando me muero.

Muy rubia, si echo de menos el sol
Y morena, si es que añoro la luna.
Si yo no llego, que le sobre altura
Si ella no llega que el alto sea yo.

Que me venda su alma cada mañana
Pinte palabras que beban al viento
Que vista de azul las noches profanas

Que enrede mi abrazo, sienta qué siento
Que ate mis besos, me ofrezca manzanas
Respire mi aire y caliente mi aliento.

jueves, diciembre 09, 2004

Un poquito de lo que te sobra

(Dedicado a Luthien, la más rebelde de la blogosfera conocida)

Llega la navidad, y puntual ha llegado la carta de Marisol. La única suya que recibo durante todo el año. Una carta con una foto y un dibujo.

Marisol es mi niña peruana. Tiene 7 años. La apadriné cuando Wenceslao ya no necesitó más mi ayuda y su pueblo tuvo los medios suficientes como para salir adelante por sí mismo. Desde que Global Humanitaria llegó al pueblo de Marisol, ella tiene una oportunidad para ir a la escuela, le han vacunado y ve como su comunidad puede acceder a ayudas para la siembra, a la construcción de pozos, a la instalación de letrinas,...

Hay quien me dice que darle a Marisol un poquito de lo que me sobra es una forma inútil de tranquilizar mi conciencia. También me dicen que no soluciono nada con asegurar la educación, la nutrición y la sanidad a un niño, si se piensa en la magnitud del problema.

No creo que tengan razón, pero aún si la tuvieran, la sonrisa de Marisol es un todo en sí mismo. No forma parte de nada, ni de soluciones globales, ni de reformas estructurales. Simplemente sonríe o no. Y yo tengo un poquito que ver en ello.

Ayudar a quien lo necesita no es una cuestión de caridad, sino un deber moral. Lamentablemente solemos eludir ese deber mirando a cualquier otro lado. Nuestra forma de pensar, de actuar sigue dos líneas: la de la comodidad y la de la continuidad, las hacemos ‘porque siempre se han hecho así’. Nos hemos acostumbrado a asumir, a seguir, a repetir, a aceptar en vez de cuestionar, de dudar.

Nada es más complicado de demostrar que la evidencia. Ya consideramos evidente, y por tanto obvio, incuestionable e irresoluble, que existan personas de primera y de segunda, que muera de hambre un niño cada cinco segundos, que en lugares del sur de África más del 60% de los muchachos que en la actualidad tienen 15 años morirán de SIDA, más del 30% de las mujeres embarazadas sean seropositivas y más del 30% de la población esté contagiada, que 9 de cada 10 niños con VIH o SIDA sean africanos, que mientras, la iglesia católica interprete las sagradas escrituras prohibiendo el uso de preservativos para entrar en el reino de los cielos (gracias Vaticano por su valiosa aportación, iba a decir ‘de mierda’), que las poderosas multinacionales farmacéuticas impongan precios sin sentido a sus productos condenando a muerte a millones de personas, que casi uno de cada tres habitantes del planeta viva por debajo del umbral de la pobreza, que las 100 familias más ricas del mundo tengan más recursos que los 100 países más pobres, que 1.000 millones de personas no tengan acceso al agua potable y otras tantas no puedan comer todos los días, que exista 1 millón de niños soldado matándose en unas guerras incomprensibles impuestas muchas veces por quienes les venden las armas,...

¿Y si los países pobres dedicaran todos sus recursos al desarrollo, y los países ricos dedicaran sus excedentes a ayudar a quienes están en dificultades? ¿Quién ha organizado esto de tal forma que unos pocos amasen fortunas inconmensurables decidiendo cómo hemos de vivir, y más aún, quién vive y quien muere, y en los peores casos, quién se tiene que matar, cuándo y con qué armas? ¿En qué nos hemos equivocado? ¿O no es un error? No entiendo nada.

Y mientras, damos todo por sentado. Todo es natural, todo es obvio, todo es lógico. Me recuerda al experimento de los 5 monos encerrados en una jaula en la que solamente hay una escalera y, sobre ella, un montón de bananas. Cada vez que uno de los monos intenta subir las escaleras para coger las bananas, cae un chorro de agua fría sobre los que están en el suelo. Al poco tiempo ya no son necesarios los chorros, porque son los mismos monos los que se encargan de castigar al que intenta subir. Después sustituyen a uno de los monos. Nada más entrar en la jaula, el mono nuevo intenta subir las escaleras, pero los golpes de sus compañeros se lo impiden. Así, poco a poco todos los monos son sustituidos, y todos repiten el mismo comportamiento, hasta que llega el momento en que ninguno de los monos que están en la jaula ha conocido siquiera la amenaza del chorro de agua fría. Aún así, ningún mono se plantea subir a la escalera. Todos los individuos de esa sociedad repiten un comportamiento simplemente porque las cosas 'siempre se han hecho así'. El absurdo de hacer, de asumir las cosas sin saber por qué, por el mero hecho de pensar que siempre se han hecho así.

Le pregunté en una ocasión a un chico en Noruega por qué la mayoría de sus casas eran rojas, amarillas o blancas. ‘Siempre han sido así’ me dijo. En el café del puerto donde estábamos, un viejo pescador, que me recordó a Chanquete y que se sentaba junto a nosotros, me explicó: ‘antiguamente los pescadores más pobres solo podían proteger la madera de sus casas con lo más barato, la sangre de las ballenas, y de ahí su color rojo. Los que tenían más medios, podían comprar un mejor producto, la grasa de la ballena, y de ahí su color amarillo. Sólo los ricos podían presumir de tener tanto dinero como para poder comprar pintura, y esta era blanca para que se distinguiera de las demás’.

Todo tiene un motivo, aunque en alguna ocasión se empeñen en ocultárnoslo. Si se quiere entender el verdadero significado, el primer paso es cuestionar lo evidente, por difícil o estúpido que parezca. Entender que quizá los colores no sean sólo cuestión de gustos, preguntarse quién se rie a través del cristal viendo como nos pegamos sin coger los plátanos sobre la escalera, pueden ser esos primeros pasos que ayuden a que no nos parezca normal que desde que empezaste a leer esto hayan muerto 50 niños de hambre.

viernes, diciembre 03, 2004

La memoria de los otros

Abrí los ojos y no veía nada. Sólo sentía un intenso dolor de cabeza envuelto en una absoluta confusión. Olía a hospital y yo estaba tumbado. Alguien me acariciaba con cariño la cara. La voz era familiar.

- ‘Doctor, ya vuelve en sí, ¡venga!’.

Otra mano, más fría, me cogió de la barbilla y me meneaba la cabeza.

- ¿Hola?, ¿Me oyes?
- Claro que te oigo – pensaba yo.
- ¿Puedes verme?
- No, eso no puedo – seguía pensando.
- Parece que vuelve en sí – le decía la mano fría a la cariñosa – no se preocupe, vengo enseguida.

El dolor no cesaba, pero las caricias de la mano cariñosa me hacían sentir mucho mejor. Intentaba comprender qué ocurría, ver dónde estaba, ver quién me tocaba... Intentaba ver. Unos minutos más tarde ya podía intuir algunas luces y sombras moviéndose frente a mí, que poco a poco fueron tomando la forma de una mujer de mediana edad.

- Tranquilo, todo está bien. Ya ha pasado.

Intentaba hablar, pero era incapaz de articular palabra alguna. Mi cuerpo no obedecía mis órdenes. ‘Pero ¿Qué ha pasado?’ quería preguntar. Imposible, mi boca, mi lengua no se movían. Pasado un rato ya podía ver con bastante claridad, aunque todo me daba vueltas como en medio de una borrachera. Comprobé que estaba en un box de urgencias, den un hospital. La señora que estaba frente a mí sonreía debajo de sus ojeras. Un doctor bajito, con barriga prominente y barba poco cuidada entró en el box.

- ¿Ya despertó? – La voz era la de la mano fría.
- Sí, pero no dice nada.
- ¿Me oyes? ¿Me ves?
- Joder, que sí – pensaba yo
- No se preocupe, es algo normal. Sólo es el shock post traumático. Puede que tarde un buen rato en reaccionar. Llámeme si nota algún cambio.

El doctor bajito salió de la habitación y me quedé con la señora que estaba sentada a mi lado, sobre la cama.

- No te preocupes hijo, todo está bien.

Seguía acariciándome mientras me tranquilizaba con palabras dulces. ‘¡Un momento!, ¿Hijo? ¿Es mi madre? ¿Y por qué no la conozco?’. Claro, era obvio: hospital, despertar, shock post traumático, ... tarde pero logré despejar la equis: Algo había ocurrido, y yo no recordaba nada. Pensé que podría haber sido un accidente, e inmediatamente intenté mover mis piernas. Primero dolor, pero luego... movimiento. Lo mismo los dedos, las manos, los brazos. Podía moverme y todas las extremidades estaban allí. Podía ver, y oír. No había sido tan grave, al parecer.

Una vez superado el checklist físico, empecé a preocuparme por mi falta de memoria. No recordaba qué había ocurrido y no reconocía a mi madre. Intenté hacer un esfuerzo y rebuscar entre mis recuerdos. Comencé a concentrarme. ‘A ver, vamos a ver, ¿qué es lo primero que recuerdo?... que abro los ojos y no veo nada. No, no, eso acaba de ocurrir, antes de eso, venga, concéntrate...’.

- Tu padre y tu hermana vienen enseguida, ya les he llamado.
- Así que tengo padre y hermana. Bien. Sigue hablando mamá, dame pistas – me decía yo.
- Anda que vaya susto nos has dado.

Ya de noche, un señor y una chica joven y guapa entraban urgentes en la habitación y se abalanzaban hacia mí. A pesar de mis doloridas carnes cómo agradecí aquellos abrazos. Aunque fueran unos desconocidos ¡eran mi padre y mi hermana!. Ya para entonces podía mover la cabeza horizontal y verticalmente para negar o asentir a las preguntas de mi familia. No pude averiguar demasiado de lo que había ocurrido, ya que aún no podía hablar, y ellos parecían eludir el asunto.

El doctor del siguiente turno de urgencias sólo permitió que una persona se quedara conmigo durante la noche. Así que mi madre se acomodó en la incómoda butaca frente a mi cama. Cansado de intentar recordar intenté dormir. Me quedé mirando cómo caían rítmicamente las gotas de suero por el tubo que entraba en mis venas. Me asaltaban más y más preguntas. ‘¿Quién soy?, ¿seré buena persona?, si ser buena persona me preocupa es que debo serlo, ¿tendré muchos amigos? ¿seré fontanero, ingeniero, maestro?...’ No sabía qué era, pero, pensé, me gustaría ser maestro.

Aquella idea me gustó, y con una larga noche por delante, empecé a imaginarme múltiples vidas, y comprobaba cuál me satisfacía más. No tenía ningún recuerdo, así que yo era un libro en blanco que podía rellenar a mi antojo. Y lo hice.

Buscaba un punto de partida y necesitaba datos, que no abundaban en aquel lugar. Me fijé en mi madre, que no vestía con ropas lujosas ni joyas. Parecía más bien una mujer sencilla, así que yo debía ser de familia humilde. Se explicaba con claridad y buenas maneras, y parecía que me quería. Debíamos ser una familia muy unida. Comencé a fantasear múltiples vidas a partir de ahí.

Primero me imaginé con mi familia, y decenas de amigos, en una vida feliz y plena, de la que fabriqué recuerdos y experiencias. Una vida de infancia alegre y difícil juventud, en la que debí combinar el trabajo con el colegio y la universidad. Una vida que me enseñaba que nada se regala y que todo lo que vale cuesta. Inventaba el día que aprobé las oposiciones, y la primera vez que entré en una clase repleta de alumnos que me miraban curiosos. Aquella maestra que me buscaba en la hora del café. Y las vacaciones en el norte, buscando los mejores ríos salmoneros. ¿De dónde me sacaba yo esas apetencias?

Después pensé que quizá despertaba de un largo coma, y que no recordaba nada porque nada había pasado en mi vida. No me gustó aquello y cambié enseguida de sueño.

Luego me dio por imaginar vidas curiosas, como empleado en un circo de domador de leones o trapecista, espía o actor porno. Algunos matices de las diferentes personalidades provocaban fogonazos de intensa realidad en mi mente. Parecía como si ciertos detalles de cada vida inventada activasen algún mecanismo mental con una soltura que sugiriese costumbre.

Me fijé en la sangre que subía por el tubo del suero, saliendo desde mi vena abierta. Y me dormí pensando en que quizá todos tenemos un poco de maestro y alumno, de espía y actor en esta circense existencia.

Pasaron unos días. De urgencias me llevaron a una habitación en la tercera planta, y de ahí a la casa de mis padres. Me encontraba mucho mejor, y ya podía hablar y andar casi sin ayuda, aunque seguía sin recordar nada. Me visitaron mis amigos, mi familia, mis compañeros de trabajo, y todos ellos se reían divertidos ante mi imposibilidad de recordar absolutamente nada. Así que se turnaban para traerme fotos y videos, contarme historias y ponerme al día de lo que había sido mi biografía, incluyendo el terrible accidente de tráfico en el que ‘tanta suerte tuve’. En pocos días yo ya era un experto en mí mismo.

Nunca recobré la memoria. Y de aquella parte de mi vida que me tuve que aprender, sólo queda lo que los otros sabían de mí. A menudo me pregunto cuánto de mí murió en aquel accidente.

jueves, noviembre 25, 2004

1.000

Para mi Lady Marian, real e imaginaria,
para aquella por quien empezó todo,
como un juego que no se juega,
como un laberinto que no se anda,
para quien buscó el rostro detrás de la coraza,
y me cubrió bajo el infinito cielo de sus labios,
para aquella que pintó de azul sus palabras,
para quien me tienta, quien me entiende,
para quien camina descalza sobre mis ganas,
para quien vio más de lo que soy,
aun cuando no soy ni siquiera lo que calla,
para quien me abraza, para quien me llama,
para aquella a quien recordar es olvidar que olvidaba,
para ti, que te lees en mis palabras

y que seguro has sido mi visita número 1.000.

jueves, noviembre 18, 2004

Casi no recuerdo el día en el que mi alma se suicidó

Sé que era otoño, y los días se acortaban rápidamente. El viento y el frío fuera animaba a quedarse en casa, así que dedicaba la tarde a revisar y ordenar todos los recuerdos y fetiches de las vacaciones recién pasadas.

Ese verano había comenzado sin planes, por lo que decidí hacerlos por el camino. Tomé un tren que me llevó de Hendaya a París. Al llegar a Montparnasse ya había resuelto que mi próximo destino sería Praga, empujado por Kafka que me acompañaba en aquel viaje.

El trayecto desde Montparnasse Bienvenue hasta la Gare de l'Est es sencillo hasta para los que nos perdemos en las grandes ciudades. Línea 4 del metro, sin transbordos: Saint Placide, Saint Sulpice, Saint Germain des Pres, Odeon, Saint Michel, Cite, Chatelet, Les Halles, Etienne Marcel, Reaumur Sebastopol, Strasbourg Saint Denis, Chateau d'eau y finalmente Gare de l'Est.

Antes de que pasaran las dieciséis horas que separan Paris Est de Praha Smichov ya tenía perfectamente ubicados, construídos y hasta decorados su Castillo, el Puente de Carlos sobre el Vltava, su Ciudad Vieja y Barrio Judío,... Al llegar todo me era familiar.

La casualidad me llevó a alojarme en el mejor sitio que podría haber imaginado. La residencia de estudiantes de Strahov, sobre la colina Petrin, se utilizaba durante el verano como youth hostel para turistas sin recursos. A sólo 15 minutos andando desde el castillo, con una espectacular vista sobre Lesser, Strahov era el centro más joven y vivo de la ciudad.

En Strahov sólo había habitaciones dobles. Esto suponía una pequeña dificultad para los viajeros solitarios, ya que no estaba permitido ocupar cuartos individualmente. Por ese motivo, justo frente a la zona de recepción, aquellos desparejados que lo deseaban, esperaban la llegada de otros de su misma condición, para crear en cuestión de segundos una pareja de hecho que les permitiera beneficiarse de las 100 coronas por noche que costaba el lugar.

Pasaron varios grupos y parejas, mientras yo esperaba. Más tarde, en la ventanilla, una mochila enorme y dos piernas. Solo la veía por detrás mientras hablaba con la encargada de la recepción. Ella asentía al explicarle la recepcionista lo que media hora antes me había contado a mí. Giró su cabeza, y me miró siguiendo las indicaciones de aquella señora. Y se dirigió decidida hacia mí. Se llamaba Johanna y era colombiana. Como estudiante de intercambio en Francia pasaba en Europa sus últimos días antes de regresar a Bogotá a pasar el verano con su familia. Curiosamente había llegado desde París, en mi mismo tren.

No describiré a Johanna, únicamente diré que en aquella época yo era un tipo con suerte.

Como pareja de hecho, adecué mis planes a los suyos y alquilamos una habitación por una semana. El cuarto recordaba mucho más a un hospital que a un hostal. Las paredes, techo y suelo estaban pintados del mismo blanco. Había dos blancas camas con estructura de hierro, una silla blanca y un armario blanco. El cuarto de baño era el más grande que jamás he visto. Estaba en la misma planta, con unas 200 duchas, y una única pared que separaba la zona masculina de la femenina.

Un minuto le llevó a la sonrisa de Johanna acabar con la sensación extraña y ligeramente violenta al entrar en la habitación. Una hora pasó hasta deshacer el equipaje, organizar el cuarto y repartirnos el armario. Un día necesitamos para enamorarnos. Y una semana fue todo lo que el destino quiso regalarnos.

Ciento ochenta y cuatro horas más tarde, de nuevo la Gare de l'Est, en París. Metro, línea 4 hacia el norte. La siguiente estación es la Gare du Nord. Allí me quedé yo, esperando mi próximo tren, destino Copenhague. Y allí Johanna cambiaba al RER, que le llevaría a Charles de Gaulle, donde unas horas más tarde tomaría su avión.

Semanas después, mi mente y mi corazón se habían puesto de acuerdo para recordar aquellas vacaciones como maravillosas. Pero mi alma se empeñó en recordar solo la Gare du Nord.



Quise yo volar contigo
al otro lado del espejo.
El espejo fue espejismo
y el vuelo al desconsuelo.

Quisiste tú también volar
de la realidad al sueño.
Es un vuelo más pequeño
del sueño a la realidad.